domingo, 16 de abril de 2017

Operación Trikini

Después de las comilonas navideñas, compuestas mayoritariamente por millones de calorías y litros de alcohol, - supongo que por tanta reunión familiar tenemos forzosamente que anestesiarnos -, nos proponemos hacer dieta. Eso la primera semana. Después, al menos en mi caso, nos decantamos por “no pasarnos demasiado”, que es infinitamente más fácil que lo de la dieta. Siempre pensamos que tenemos tiempo de sobra, porque nunca nos acordamos de La Semana Santa, que se halla justo entre la Natividad y el ansiado verano.
Esa Semana Santa, esa bendita Cuaresma que se sigue a rajatabla en mi familia, ¡esos benditos postres de Cuaresma!
A la mierda todo el esfuerzo para no pasarnos demasiado. Yo soy un ser humano de carne y hueso, tengo mis debilidades, muchas, por cierto. Yo he de confesar que me paseo por los escaparates de las pastelerías poniendo la misma cara que la niña de La Cerillera, más de una vez me ha salido la dependienta con un pastelillo para que lo probara, - supongo que mi cara debe ser un cuadro - y yo lo acepto, claro, porque soy muy educada, y rebelde, eso de “no aceptes cosas de extraños”, en un caso así, me lo paso por el arco del triunfo.
Así que, mientras unos se entregan al fervor religioso, yo me entrego, por entero, al fervor cuaresmil de los postres. En mi familia todos cocinan muy bien, todos menos yo. Yo sería capaz de intoxicar a un cuartel entero y parte del extrarradio. Así que cuando vuelvo por vacaciones, los besuqueo a todos muy deprisa y salgo disparada hacia la cocina. ¡Bendito sea el Señor que inventó la Cuaresma! Lágrimas como melones me ruedan por las mejillas cuando veo esas fuentes en el mostrador. Esos pestiños rebosantes de miel. MMMM. Esas torrijas, en todas sus variedades, con leche, con vino. MMMM. Esos buñuelos de castañas. MMMM. ¿Y los bartolillos de crema?, a los que hace mi madre los tenían que canonizar, de hecho, no lo hacen porque no son personas. Cada uno de esos Bartolillos es un milagro, esos resucitan a un muerto. También han pasado por el martirio, no me jodas, los han frito en una sartén. Son siervos de Dios porque sólo se hacen en Cuaresma. ¿Y qué mayor caridad que morir engullido para hacer feliz al prójimo? Además, ¿no están los libros canónicos? Pues que canonicen los bartolillos de crema ¡ya! Y que los repartan por el mundo, que somos muy egoístas cuando nos da la gana, hombre.
El caso es que… hemos terminado la Cuaresma y yo, he acabado con todas las bandejas de postres. Ayer terminé con el último arroz con leche… tengo una pena.
En fin, manos a la obra. Que cuando vuelva a abrir los ojos será verano y ya no hay excusas. El paso de las dietas me lo salto del tirón, porque soy de aburrimiento rápido y caigo en la tentación con una facilidad pasmosa. ¿La dieta de la alcachofa? Aburrida, demasiada alcachofa, - sí, no se partieron los cuernos buscándole un nombre -. ¿La dieta de la piña?, no gracias, la piña colada no está permitida. Y la última, que la hace una chica del gimnasio, que está más para allá que para acá, - la dieta y la chica, las dos por igual -, es la dieta de la Fuerza Aérea Rusa, ¡toma ya! En el desayuno, sólo una taza de café, a la hora del almuerzo, dos huevos y un tomate. Para la cena: hierbas con sal, pimienta y vinagre. Un año después habían muerto todos, - es un suponer mío, pero comiendo como un pajarito, ya me dirás -.
Total, que voy a “intentar” no pasarme demasiado, - no prometo nada -, y voy a seguir con el gimnasio.
Al gimnasio le he cogido tirria y miedo a partes iguales. En la última clase de Zumba me metí un ostión con Yelyzaveta, una ucraniana que pesa 200 kilos de músculo. Yo no he visto una cosa más prieta en mi vida, - y mira que tengo un parque de bomberos al lado de mi casa -. En vez de girar a la derecha como todos, me distraje dos milésimas de segundo, me fui para la izquierda, y allí estaba ella, la mujer de Hulk en persona, inmensa. Mira, como si me hubiera arrollado un tsunami. Me caí de espaldas y me desperté dos horas después en el despacho de dirección. Ni me acordaba de mi nombre. ¡Qué mal rato!
Ahora prefiero la cinta de correr. Correr, lo que se dice correr, sólo los cinco primeros minutos. Después me limito al paso ligerito. ¡Hasta China he llegado yo en esa cinta! Otras veces me envalentono y hago Abs Attack, - que no tiene nada que ver con Mars Attack -, Burn, TRX, Bodypump o Xcore. Vamos, que parece que, en vez de hacer ejercicio, practico el sado masoquismo. Pero lo peor viene después. Cuando salgo del gym, - ahora mola decir gym, ¡tócatelo! -. Hay una cosa que a mí me pone muy nerviosa y me crea ansiedad.
Después de liberar endorfinas a raudales, evitar la osteoporosis, sentirme mejor – a veces – conmigo misma y sudar como un piloto de Fórmula 1, llega el momento de marcharme feliz como una perdiz a casa. Y he aquí la cuestión.
¿Alguien me puede explicar por qué SIEMPRE hay un bar enfrente del gimnasio? ¿Un complot? ¿Una conspiración? ¿El Karma, tal vez?
Yo me siento atraída inmediatamente por esas fotos de platos combinados. Esas croquetas, tan redonditas, con el brillo del aceite, porque aún están calientes cuando les sacan la foto. Y junto a ellas, su prima hermana, la super ensaladilla rusa, - que no es rusa -, con esa mayonesa cubriéndola, como un manto de nieve abrazado a una montaña. Y al ladito, la foto de mi querida y patriótica tortilla de patatas, - siempre con cebolla, por favor, si no es como un jardín sin flowers -…  se me hace la boca agua, supongo que así se sentía Michael Douglas, en Instinto básico, cuando Sharon Stone descruzaba las piernas en el interrogatorio de la comisaría. Lo suyo era sexual y lo mío gastronómico, pero la baba se nos cae a los dos.
He encontrado la solución a este problema. Ahora salgo del gym andando de espaldas, cuando bajo el escalón voy hacia la derecha como los cangrejos, mirando la fachada, siempre procurando no girarme hacia el tentador bar. Cuando llego a la esquina salgo escopetada por el parque y no paro hasta llegar a mi portal. Un sacrificio enoooorme, lo sé. Quizás me canonicen algún día, si lo hacen quiero ser una imagen como la de Santa Lucía, pero quiero que, en vez de ojos, me pongan los bartolillos de crema de mi madre en la bandeja.
Y también tengo la solución a la dieta. Este año no voy a hacer la Operación Bikini, no, me he sacado de la manga “La Operación Trikini”.
Esta operación es unisex. Y muy sencilla, ideal para no morir en el intento. Es la siguiente:
- Vamos a comprarnos un bikini, bañador o lo que sea.
- Vamos a comprar el mismo modelo en tres tallas. M, L, XL. - y me diréis ¿qué pasa con la talla S?... vamos a ver, mi talla S desapareció con mi inocencia hace 20 años. Supongo que estará junto al Santo Grial, o sea, que no la voy a recuperar jamás -. Si alguien la tiene, - ja, ja, ja -, sería de la siguiente manera:
S, M, L.
- Y nada más.
En eso consiste la Operación Trikini. Me voy a comprar tres bikinis de tallas diferentes y me los iré poniendo a medida que suba o baje de peso. Porque el verano es muy traicionero. Me paso el día luchando contra tintos de verano, pescaito frito, paellas, helados y gin tonics... ¿Que engordo? La XL, ¿Que me mantengo? La M. ¿Que ni para arriba ni para abajo? La L.
Ya no me rompo más la cabeza. ¡Viva la Operación Trikini!