domingo, 23 de abril de 2017

Fenómenos Paranormales


¡Me en-can-tan los fenómenos paranormales! La primera vez que vi un OVNI tenía siete años, estaba jugando en el salón con la mitad de los primos que tengo en el grupo de WhatsApp. Era una tarde calurosa de verano y estábamos montando el mismo escándalo que si estuviéramos de botellón, pero sin alcohol, que es peor y más preocupante. De repente un Objeto Volante No Identificado atravesó la enorme sala. “¿Qué ha sido eso?” – dijo mi prima Lola. – Todos sabemos que esa es la típica pregunta ante un fenómeno paranormal -. Cuando nos giramos hacia la puerta vimos a mi abuela, tenía la misma cara que un sumo cabreado. Nos había lanzado su zapatilla. Cruzó el salón dando enormes zancadas, cagándose en nuestros muertos, que eran los suyos, - es algo que nunca entendí de ella, el auto insulto - y apartándonos a todos, recogió su zapatilla y nos amenazó con ella. No volvimos a hacer ruido jamás. El año anterior nos hizo lo mismo, pero con el cuchillo jamonero, en su defensa diré que estábamos en la cocina dando por saco y que ella tenía muy buena puntería. Lo clavó en la pared. – Siempre que veo Kill Bill me acuerdo de ella, que en paz descanse -.

El caso es que, hace unas noches, estuve viendo un documental terrorífico en el que investigaban casas encantadas. Tres días sin dormir me he pasado. Eso sí, me he leído dos libros, porque yo soy muy de aprovechar el tiempo, aunque esté acojonada. No lo puedo evitar, algo de miedo, lo que sea, y entro en trance. Me viene a la memoria el cine de verano de mi pueblo, donde vi La cosa y El Ente, madre del amor hermoso, ¡qué miedo! En el cine estabas como en casa, es la sensación que dan los pueblos. Nos íbamos con nuestras propias sillas, y los cojines, por cuestión de logística y de que no se te durmiera el culo después de una sesión doble. Los padres se quedaban en la barra, en la parte de atrás, bebiendo cubatas. Eran otros tiempos. Sin rodilleras, sin cascos y con cubatas en el cine de verano. ¡Qué recuerdos!

Pero volvamos al presente, que soy de fácil dispersión. Esta mañana he ido a ver a mi amiga Puri y me he dado cuenta de que vive en una casa encantada. Llamo a la puerta y me abre su hija, con una cara de resaca, - normal, suma: adolescente + sábado por la mañana -, me mira como la que observa a un alienígena, me hace un gesto con la mano, que yo interpreto como un “pasa”, y entro, la sigo por el pasillo, ella camina como una figura fantasmagórica y me doy cuenta de que esta juventud está hecha polvo, la culpa es de las grasas trans, les han frito las arterias. Yo, a su edad, después de un resacón como ese, me levantaba a las nueve y me iba a la playa a pegar saltos. Mierda de grasas trans.

El siguiente signo de encantamiento es el frío, el cambio de temperatura es muy brusco. La pobre Puri está premenopáusica y tiene unos sofocos horrorosos, siempre está muerta de calor. El aire acondicionado lo tiene puesto a 18 grados. ¡Qué frío, coño!

Entro en la cocina y allí está mi amiga, con la licuadora, haciendo un batido reconstituyente para la figura fantasmal resacosa, su puñetera hija. Esa licuadora hace tanto ruido que parece que estés en la popa de un portaviones. Normal, tiene treinta años. ¡No se romperá nunca!, al menos no, según mi teoría. Todos los electrodomésticos que tienen más de veinte años no se estropean, ¿por qué?, por la obsolescencia programada, que es un invento reciente y a ellos no les afecta. Yo sé perfectamente cuando se va a romper un electrodoméstico nuevo. Exactamente un día después de que caduque la garantía. No me lo discutan, que lo tengo más que comprobado.

Esa licuadora es un epicentro en sí misma. Por fin la para y, mientras sirve un vaso enorme de un líquido verde viscoso que tiene una pinta asquerosa, - que me consta que la niña no se lo va a beber ni de coña -, escuchamos una voz incorpórea al final del pasillo profiriendo amenazas. Es su marido, Juan Carlos, el rey de su casa. Trabaja hasta muy tarde, así que, con una voz cavernosa exige un poco de paz. Más o menos como el demonio que vivía en el sótano de Amityville, sólo que ese estaba muerto de aburrimiento en el inframundo y era incapaz de asimilarlo y este, el rey de su casa, es incapaz de asimilar que no le dejen dormir y preferiría estar muerto un ratito para no enterarse de nada. ¡Qué puñetera es la vida, nunca estamos contentos!

Mientras Puri discute con la niña para que se beba el brebaje, me voy al salón y me siento en el sofá. Frente a mí tengo una figurita de porcelana que compraron hace años en un mercadillo de segunda mano. La tuvieron que comprar por pena. Es indescriptible. Es como un Lladró hecho en Saturno y pintado en China por un miope sin gafas y sin escrúpulos. Tiene un ojo mirando a Albacete y otro a Logroño. Aterradora. Si algún día entran espíritus en esa casa, sin duda lo harán a través de esa mirada.

De repente aparece una presencia sobrenatural. La abuela de Puri. Probablemente Matusalén fue uno de sus pretendientes. Esta mujer me inspira miedo y respeto a partes iguales. Me recuerda a mi abuela cuando lanzaba OVNIS por el salón. Va vestida de negro, de arriba abajo, está muy demacrada y blanca como Cate Blanchett en El Señor de los anillos. En realidad, es una fiel imagen de Bernarda Alba, - al menos eso pienso yo, que soy dramáticamente lorquiana -. Lo que más me aterra son sus uñas postizas. Largas, pintadas de mil colores y con brillantes. Como la Lady Gaga, que es otro fenómeno paranormal, pero americano. Es muy perturbador ver una señora típica del sur, vestida de luto desde el año de la Maricastaña, con su pelo blanco cardado, un look muy puritano y con esas uñas. Puri me ha contado que se ha enganchado al reality de las Kardashian. Otro fenómeno, pero este es anormal, porque los traseros de esa familia no son de este mundo. La abuela, que después de treinta años conociéndola, no sé cómo se llama porque me da miedo preguntarle algo, me ignora por completo y coge el mando de la televisión como puede, - a ver, con esas uñas -. La enciende y se pone su programa favorito. Yo sigo muda, no me atrevo ni a respirar. Me tiene hipnotizada perdida.

Diez minutos después de estar viendo ensimismada el reality me mira fijamente y me espeta:

- ¡Fíjate como a terminado este pobre hombre después de aguantar a todas estas!

Se refiere al marido, el ex olímpico, que ahora es mujer, que le gustan las mujeres, pero no le importaría estar con un hombre. Me fascinan las señoras mayores, con esa capacidad extrasensorial de asimilar datos incongruentes. Son geniales.

Puri aparece por el pasillo con el bolso y el abrigo a medio poner. Salimos corriendo como alma que lleva el diablo para la calle. ¿Por qué?, francamente, no tengo ni pajolera idea. Desde el primer día que fui a su casa, hace tres décadas, hemos salido corriendo. Es una costumbre instaurada. Como los daneses que se quitan los zapatos al entrar en su casa, tú te los quitas también y no preguntas. Allá donde fueres, haz lo que vieres. Y los refranes son muy sabios. Y las costumbres no hay que perderlas.

De todas formas, no quiero asustaros. La casa de mi amiga Puri no está encantada como la de Poltergeist. Me he estado informando concienzudamente en el ayuntamiento y jamás ha habido ningún cementerio indígena por la zona. Y el edificio no tiene piscina. Y su coche funciona perfectamente. Tampoco ha habido ningún suceso trágico o violento en el lugar.

Aun así, ¡cómo me acojona ir a casa de mi amiga Puri! Si no fuera por esos pastelillos australianos de chocolate que hornea de maravilla, no me verían el pelo por allí. Pero por una buena amiga y sus pasteles, hago lo que haga falta, valga la redundancia. Te quiero Puri, y lo sabes.