domingo, 12 de marzo de 2017

El día X




Hoy he tenido un día X. Lo llamo así porque, como dice Simón Díaz, aunque él se refiere al amor a través del tiempo, este día no tiene ni horario ni fecha en el calendario. El muy cabrón viene cuando le apetece.
¿Motivo?
- Ninguno, aparentemente.


En realidad, yo le llamo, para mis adentros y mis afueras, un día de MIERDA. Y me consta que no soy la única en tenerlos. Luz Casal también los tiene, de hecho, les dedicó una canción, pero ella, que es más poética que una servidora, les llama “un día marrón”. Seamos sinceros Luz, el marrón es el color por antonomasia de la caca. Claro está que la palabra mierda no queda muy bonita líricamente, a no ser que seas Eminem y cantes a coro con Snoop Dogg, que no es el caso.

A mí me pasa como a Luz, pero en versión Hard Metal, me explico.

Ella se levanta, - como yo -, y ya sabe que es un día ingrato, - y yo también -, pero ella sabe que va a llorar todo el rato y yo… yo sé que voy a estar cabreada como una mona.
Ella dice “Un día tonto, de pronto, sin una razón”.
¡Exacto!, un día de mierda sin venir a cuento.




Yo me levanto torcida, y, según la puñetera ley de la atracción, atraemos a las energías similares.
¿Consecuencia?
- Todo me sale como el culo, porque me siento como el culo.

¡Ea, ya lo he dicho!

Me paso la mañana dando vueltas, refunfuñando como el fantasma de Canterbury, pero yo lo hago en mi chikipiso, no en una abadía. Al final, desisto de luchar contra los elementos y decido meterme en la cama.
- No me voy a levantar hasta dentro de seis meses o hasta que alguien le pegue un tiro a Trump,  
  lo que suceda más tarde, me es indiferente -.       

Pero cuando llevo un rato dando vueltas en mi colchón cuasi visco elástico, me acuerdo de la niña de El exorcista, - fíjate cómo se quedó después de tanto tiempo postrada -. Tuve una amiga que, después de una separación, se metió en la cama, ¡dos semanas! Cuando fui a verla estaba igual que Regan. Tenía todo el pelo pegado a la cara, su tez era verdosa porque había cerrado las persianas y el Sol es inmenso, pero no atraviesa objetos inanimados, eso sólo lo hace Dynamo, que yo lo he visto. Mi pobre amiga llevaba dos semanas sin ducharse y con el mismo camisón.
¿Resultado?

- La misma cara, el mismo pelo y el mismo olor que Regan. Pero sin posesión.

Total, salgo de la cama, deprimida, busco en el móvil… ¡Mierda!, nadie le ha pegado un tiro a Trump. Lo de los seis meses no lo compruebo porque sé que sólo han pasado 20 puñeteros minutos.
Acto seguido, - y esto es matemático -, me entra la ansiedad.

Ansiedad = Comerme medio kilo de almendras. ¿Por qué?, no lo sé, pero estoy segura de que Freud tendría algo muy interesante que decir al respecto. Pero como ya no está entre nosotros, me como las almendras como si no hubiera un mañana.

Como tengo una edad en la que me cuesta horrores mantenerme sólo con cinco kilos de más – ese es mi tope – me enfado conmigo misma. Normal, he ingerido 110.572 calorías. Es justo entonces, ni antes ni después, cuando me entran unas ganas locas de romper algo, me giro sobre mí misma, como Clint Eastwood en La muerte tenía un precio, - pero sin pistola -, y me fijo en mis pobres platos huérfanos, - ya que no pertenecen a una misma familia porque he roto muchos en mi vida, más en sentido figurado que físicamente -, que yacen tumbados tranquilamente sobre la repisa.

No way, o sea, ni hablar del peluquín. - ¡Ni se te ocurra tocarlos! – me digo a mí misma, en voz moderadamente alta, porque la desesperación me lleva a veces hasta esos límites.

Entonces respiro profundamente mal, porque si lo hiciera bien, ya me habría calmado, y decido bajar al chino a comprarme una vajilla, enterita, para mí sola. Desecho la idea de ducharme, porque no sólo el día de Mierda va a conspirar contra mí, para joderle lo voy a hacer yo también.

¿Día de Mierda?, pues chándal, zapatillas, una camiseta vieja y a la puta calle.

Entro en el chino de debajo de mi casa. Ese chino… ¡750 metros cuadrados!, es una super caja de Pandora, no sabes lo que te vas a encontrar porque lo cambian todos los días. A veces pienso en acercarme al dueño, que se llama Jon Lio, que debe ser algo así como José Luis en chino, y preguntarle que cuándo cojones cambian las cosas, porque está prácticamente abierto todo el día. Lo mismo le mando un email a Iker Jiménez, porque esto es un expediente X en toda regla.

Siempre encuentro lo que busco en el chino. Apuesto mi maltrecha alma a que, si le pido una fuente de mármol verde, con asas de hierro forjado y dos luces interiores, - led por supuesto, que yo soy muy moderna y eficiente -, que al iluminarse me canten el O mio babbino caro por la Callas – qué grande la Callas -, seguro que el muy jodío lo tiene.

Pero hoy vengo a por otra cosa, a por “La-super-vajilla-des-estresante-ideal-para-un-día-de-Mierda”, que conste que me la acabo de inventar, lo digo por los del Tele Tienda, que se quedan con todo. Cuando le pregunto por dónde tiene las vajillas me responde:
- ¡Allí! -, siempre que busco algo me dice lo mismo.
¿Allí dónde es EXACTAMENTE? Pero no le vuelvo a preguntar, porque voy a guardar todas mis energías para la vajilla y porque, probablemente, ni él mismo lo sepa, no te jode, con tanto cambiar las cosas de sitio.

Enfilo el primer pasillo. Esponjas, manteles, seguidos de sujetadores y coladores – esto tiene que ser un homenaje a Madonna, si no, no entiendo en qué se basa este orden -. Tornillos, alicates, eso no sé lo que es, eso tampoco… ¡al fin!, las vajillas. Madre del amor hermoso, tienen una vajilla que pone America First,     - la globalización es una full -, pero, mira tú por donde, cuesta sólo 6,66 euritos, - para que luego digan que los chinos no tienen sentido del humor -. Pues no se hable más, me la llevo, doble placer, ¡le voy a partir la cara 36 veces Señor asqueroso Trump!, 36 porque son las piezas que tiene la susodicha.

Regreso a casa. Cuando voy cruzando la plaza me encuentro con la Lola.
- ¿Vajilla nueva?
- ¡Si!
- Anda que bien, ¿la vas a estrenar?
- No, me la voy a cargar.

- Estás chalá perdía.

Pues claro que lo estoy, llevamos años sacando a los perros por las tardes en el parque, ¿y todavía no se ha dado cuenta de ese nimio detalle? Eso lo pienso para mí, a ella le digo adiós con la mano y me subo a casa.  

Cuando por fin me hallo abriendo la caja con los ojos desorbitados como si fuera la hermana secreta de Mezut Özil, suena mi móvil. No sé por qué, pero pienso en si le habrá pasado alguna desgracia merecida al capullo constructor enamorado de los muros, pero no. Es mi amiga Lidia.
- ¡Tía! – qué manía con llamarme tía – necesito que me ayudes.
- ¿Qué quieres? - le pregunto "enrritada", como diría mi abuela.
- Uyyyy, ¿un día de Mierda de esos tuyos?
- Evidentemente, ¿qué quieres? – me conoce como si me hubiera parido,
   por eso me jode tanto que me llame tía.
- Tengo que hacer una mudanza y no tengo sitio en el coche. ¿Te traes el
   tuyo?, son tres cajas, es para no dar dos viajes.


ADVERTENCIA: Nunca son tres cajas, son muchas más. Y de dos viajes nanay 
                               de la China. Vas a hacer cuatro, como mínimo.                                     


Aun así, acepto, porque es mi mejor amiga, porque es adicta a las mudanzas y, principalmente, porque es inmune a mis días de Mierda.


Ocho horas después, veintiocho cajas, trece bolsas de basura gigantes, dos peleas porque dice que lo va a tirar casi todo cuando llegue a su nueva casa porque no le sirve, y yo le digo que lo podía haber pensado antes y habríamos cargado con menos trastos, cinco viajes, uno de ellos a por más almendras y, no lo voy a negar, muchas risas, estamos en mi casa tomando unas cervezas, que nos las hemos ganado y el de arriba lo sabe. Lidia se percata de la horrorosa vajilla fruto de la globalización y me dice:
- ¡Anda!, y yo sin vajilla.
- ¿Te la quieres llevar?, es una horterada.
- ¿No te importa?
- En absoluto, estoy tan cansada que ya no tengo ganar de romper nada.
- ¡Genial!
- Pero te pongo una condición. Cuando termines de comer le tienes que
   gritar al plato ¡Fuck You!
- Ok - y me consta que cumplirá su palabra.


Ella no me pregunta nada más, porque sabe de sobra que estoy chalá perdía y que tengo un día de mierda.